Rudolph

Yo lo coloco y ella lo quita; ella lo quita y no lo coloca; yo lo coloco y no lo quito; ella loquita y yo loco loco.

6.8.10

Veintisiete vueltas al sol




No voy a tomar la ruta de los sacrificios,
prefiero el vicio, la música y el amor.
Andrés Calamaro

Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas.
Joaquín Sabina

I

“Feliz, feliz no cumpleaños, ¿a mí? A tú; feliz, feliz no cumpleaños, ¿para mí? Para tú” cantan el Sombrerero Loco, la Liebre y el Lirón, en la ya mítica y manoseada novela de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, justo cuando ella se entromete en la fiesta del té y los sorprende celebrando la displicencia del tiempo. “Feliz, feliz no cumpleaños, ¿a mí? A tú; feliz, feliz no cumpleaños, ¿para mí? Para tú”. Así que en este momento y en este lugar, y al igual que el Sombrerero Loco, la Liebre y el Lirón, me levanto de mi silla y canto porque aún no es mi cumpleaños y porque tengo ganas de cantar, también.
Que si me veo mal, que si no; que si ya soy más viejo; que si estoy más cerca del tercer piso; que si recuerdo; que si hablo, que si no; que adónde vas con tanta prisa; que si fumo cada vez más y leo cada vez más y escribo cada vez más y olvido cada vez más; que si estoy loco; que si la biblioteca; que si las chelas; que si yo siempre te he respetado y siempre lo haré: ajá, sí, cómo no ¿y eso con qué se come? Que si yo; que si nosotros; que si tú; que ahora sí, mi reina, bailemos sin parar; que si la banda y a Chuchita la bolsearon; que si no sé qué; que si no sé cuándo; que si no sé cómo; que si Songorocosongo va con Mengana y no con Sutana, mejor me quedo con la más guapa; que si los malasombras; que si los aficionados al virtual budismo zen; que esto, que lotro, que tú las traes; que ya los aburrí, que basta: palabras y más palabras que edifican cuentos y cuentos que entretienen a los cuates (escribí cuates, no amigos).
Pues bien, como este texto no es una diatriba contra los siempre tan modernos oportunistas y civilizados que me tienen muerto de risa, me despido rápidamente de ellos empleando la palabra contundente y académica que utiliza mi amigo Renato para manifestar su rechazo o burla a los culeros: ¡Nueeevoooos! Y también les salen más caros, cómo no.

II

Emmanuel Bove afirma que las únicas mujeres bellas que pueden estar a tu lado son aquellas a las que imaginas. En mi caso, sucedió lo contrario: desde la educación elemental y hasta más allá de la universidad, las mujeres que han acompañado mi viaje son cada vez más bellas. He tenido la fortuna de relacionarme con damas hermosas, física y emocionalmente; unas más que otras, claro, pero vamos, nadie es perfecto. Y con ellas he caminado y visto un mundo alucinante, lo juro, no me drogo.
Es así que compartí la historia del tiempo con la mujer que camina, Irma Julieta (escribo sus dos nombres porque sería deshonesto y vulgar no hacerlo y además porque yo siempre la nombré de una u otro manera, aunque a decir verdad prevaleció el de Irma). La historia con ella comienza en un pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras y mejor no escribo cómo ni cuándo terminó: espeluznante, pesadillesco e increíble final para tanta travesía, para tanto camino compartido, ¿a poco no? Quienes nos conocieron saben, respetan y aprecian nuestra historia (o al menos eso aseguraron y siempre lo creí, pero sucede que de vez en vez el destino te da un puñetazo y no lo comprendes, mucho menos cuando te dispara tu propia compañera). Pero en fin, qué le va uno a hacer, sobreviví a la catástrofe y aquí me tienen, a pesar de ustedes, chambones de pacotilla. Aprovecho, pues, la ocasión, y lo hago desde la Universidad Nacional Autónoma de México, espacio donde nos conocimos y creímos en lo distinto, para saludar y enviarle un abrazo a Hubi, mi amiga y compañera universalmente universitaria: por los anhelos y quebrantos compartidos; por ese sol que siempre nos alumbró; por esos años de caminos interminables, por lo único e irrepetible, por la dignidad de la palabra, de mi palabra, a la que nunca he faltado y porque es preciso desearle un hermoso y despreocupado viaje. Suerte, Irma, y también para vos, un anticipado Beatum Diem Natalem.
Y la verdad sea dicha: la Vida, así con mayúscula, siempre me ha sonreído, no lo niego. Así que para mi buena suerte llegó la seño-diseño, la guapa siempre irónica que me hizo recuperar la sonrisa, el placer, la lujuria, el corazón y el amor: todo gracias a sus besos, su confianza, su alegría y una larga plática que terminó al amanecer pero sin el beso final (aunque después nos recuperamos). Y mientras la noche cobijaba con sus colores encendidos y misteriosos a esta ciudad que tanto me gusta y sobre la que no me canso de caminar y escribir: la cubrí y la descubrí; la pensé y la desvelé; la nombré y la deseé. Por creíble o increíble que parezca oí su voz, luminosa y secreta, con la misma cercanía con la que ahora escucho las gotas de lluvia que comienzan a caer en el jardín de mi casa. Preparé un café y acerqué mi cuaderno y su sonrisa un poco más. Comencé a describirla, a juntar palabras que la acariciaran, que le hicieran más llevaderas sus horas de un miércoles desvelado o de un jueves con resaca y miel. Pero fracasé en el intento, señorita diseñadora, porque las palabras tal parece que duermen y las pocas que están despiertas no son suficientes para decirle que sus besos asombrosos inauguraron un otoño sin frío; que sus ojos despiertos y maliciosos incluyen su nombre en mis días y que su lengua cómplice recorre el tiempo y lo desnuda. Así que desde los mil y un desvelos aranjurences, con el morbo, el viaje y bebiendo un chocolate en nuestro café centenario; sin mentiras y sin contar memorias, la admiro y la quiero, Santa L, porque coloreó la noche y los sueños. Como dice el Flaco: se merece un novio poeta.

III

Dardos, box, películas, baraja, dominó, tabaco, literatura, historia, música, chelas, burlas amorosas, puñaladas traperas y discusiones biensanas forman parte del universo deslumbrante y trasnochado que me ha tocado vivir los sábados por la madrugada en el Arthur-Bar, antes casa de Fabián, desde hace más de una década. Sabios y crudos lo hemos reconocido: en ese lujoso antro compartimos la histeria personal, cada vez más divertidos.
Conocí a la mayoría de mis amigos en los años preparatorianos, esos años donde uno podía permanecer la tarde entera sentado en una escalinata, solamente para ver pasar a la mujer que te miraba por encima del hombro, por la que te escondías tras defensas de automóviles con tal de que no se diera cuanta de que la perseguías hasta su pesero; años en los que uno jugaba frontón y futbol e iba a conciertos a todas partes y en cualquier lugar; años, pues, donde Benedetti y Márquez eran los autores predilectos (poco tiempo después llegó Saramago) y la música era grabada en cassettes; años en los que las chelas se convirtieron en cartones y los cigarros sueltos en cajetillas.
Desde entonces y hasta la fecha, siempre hemos sido burlones y honestos; las madrugadas alegres y apasionadas nos han desvelado en playas insospechadas, en tiendas de campaña o en casas que ya nadie recuerda; pero siempre en un mismo sitio y en todos, siempre con la banda, la bandera, los carnales, ellos, la buena vibra, los que siempre dan lata: Arthur-Bar, Fabián-Almohada, Raymundo, Damián, César-Padrini, Ro-ese O, Anamario, Ana Laura, Harlen, Angélica, Mao, Richard, Alex, Lalo, Héctor, Tostón, Diego y a los que han convivido con nosotros, gracias por compartir un momento sin tiempo, como lo conocemos.

IV

La tolerancia de mi familia es admirable. Cada uno de ellos ha tenido el infortunio de aguantarme en distintas vueltas y siempre lo han hecho con el mejor de los ánimos. Mis padres han estado ahí, siempre conmigo, alentándome, llamándome la atención y abrazándome desinteresadamente. De mis padres siempre he dicho y siempre lo diré: que son los mejores del mundo, que les debo todo lo que soy y que sin sus cuidados y confianza simplemente no podría estar acá. Quienes han convivido con ellos, quienes los conocen, no me dejarán mentir: Javier y Graciela (Rucus y Sugar) son la neta. Todos los días de mi vida, a su lado, han sido días de amor.
Javier, Ivonne y Viridiana son mis hermanos. Con todos ellos he convivido enormemente, más con el Javo, con quien no sólo he compartido recámaras y sueños, sino molestias, silencios, sonrisas y las letras de una Tangente que a fuerza de ánimo y buenos juntapalabras sobrevive (bueno y a los diseños del buen Pixel, justo es decirlo). Sin embargo, con mis hermanas el tiempo también ha sido dichoso. La siempre amena y divertida plática con Viridiana le quita el agobio a los días. Siempre cotorreando con ella y acompañándome con sus risas y confianza. La verdad es que Crío, como la nombramos por acuá, ve los días de manera distinta y ejemplar. Y de mi Ivonne, la Doc, me gustaría dejar asentado, mientras me fumo un Malboro, no Marlboro, que su cambio es revelador y asombroso  Las tardes en el Estadio Olímpico Universitario a su laredo han sido dichosas y divertidas; los muchos conciertos, iluminadores; su compañía, encantadora y con muy buena vibra. A mi Doc, a la Crío, al Javo y a mis padres les debo más cuartillas y no sólo una mención, pero no olviden que los amo y que siempre ha sido un lujo y un placer descubrir el mundo con ustedes. A Carlos y César, mis amigos, más que cuñados, muchos son los ánimos que nos unen, ustedes lo saben y pos como nos la hemos parrandeado, lo seguiremos haciendo.

V

“Feliz, feliz no cumpleaños, ¿a mí? A tú; feliz, feliz no cumpleaños, ¿para mí? Para tú” cantan el Sombrerero Loco, la Liebre y el Lirón, en la ya mítica y manoseada novela de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, justo cuando ella se entromete en la fiesta del té y los sorprende celebrando la displicencia del tiempo. Y como es la fecha y circunstancia, agradezco a todos aquéllos que han estado conmigo en estas veintisiete vueltas al sol, tostándose a mi lado. Sí, veintisiete idas y regresos con todo y sus amaneceres ojerosamente borrachos; caminando y descubriendo, solo o con la banda; solo o con el amor de mujeres inigualables; solo o con la familia, solo o con mis maestros y solo o con mis alumnos, colonias y unidades habitacionales, mares escondidos, poetas, motivos, letras, notas, lluvias, bosques, carreteras, sueños, física, gravedad, olvido, memoria y líneas divisorias que siempre hemos trascendido.
El personaje del Sombrerero Loco está basado en Theophilus Carter, negociante de muebles en Oxford, conocido por su sombrero de copa y su originalidad: inventó una cama despertadora que te expulsaba justo al llegar el amanecer, sin oportunidad de solicitar cinco minutos más. Quienes lo conocieron, atribuyen la locura de Carter al mercurio utilizado por los fabricantes para mantener el fieltro de sus sombreros en buen estado. Ha llegado la hora, entonces, y la distancia, también, de dormir en una de esas camas despertadoras, a la espera de que el tiempo no transcurrido me lance a la vida, con todo y sombrero de copa. ¡Bazzinga!

Ái les dejo una rolita, digo, pa' comenzar con la rumba del ocho.

video

10.5.10

La noche del mosco

El mosco no se detuvo. Para demostrar que un cuerpo milimétrico es más ágil y rápido que cuatro enormes manos dispuestas a embarrarlo en la pared o el plafón, se dedicó toda la noche y parte de la mañana a torturar a un tal R y a una tal L: les zumbó los oídos, sobrevoló sus cabezas y picoteó sus cuerpos. Cual vigías anhelantes de apresar al invitado non grato, con mucha comezón y armados hasta el cansancio con zapatos, toallas y playeras, el tal R y la tal L planearon terminar con la vida del mosco sangrón, que les había enronchado su plácido y merecido sueño.
Montaron una guardia que consistía en hacerle creer al mosco que estaban dormidos. Todo listo: el tal R sería el primero en descansar mientras la tal L se mantenía con un ojo cerrado y el otro abierto, al más puro estilo de los delfines, esperando que el mosco se acercara, volara cerca de su alcance y entonces ¡zas!, con un fuerte aplauso mandarlo al cielo de los mosquitos; obviamente, el plan requería velocidad y astucia de la tal L en la oscuridad. Pasaron los minutos y del mosco ni sus luces. La tal L, cansada, soñolienta, desesperada y con el ojo lagrimeante, despertó al tal R para que continuara con la vigilancia mientras ella dormía. Y entonces el tal R, muy dispuesto y alegre, acomodó las almohadas, recargó su espalda en la cabecera y esperó, pacientemente, al invitado volador. Cuando se percataron, ambos tenían dos piquetes más, y es que el tal R, con el sueño pesado que se cargaba, se quedó profundamente dormido sólo diez segundos después de iniciada su guardia, olvidándose de los mortificantes zumbidos.
Ante el fracaso del plan, no dudaron en hacer uso de los zapatos, toallas, playeras y cuanta arma encontraron para terminar con la vida del mosco. Comenzaron, pues, a perseguirlo por toda la recámara, acosándolo, limitándolo, cerrándole espacios, obligándolo a volar de la cortina al plafón y del plafón a la lámpara y de la lámpara a la almohada, las sábanas, la puerta, el baño, etcétera: las playeras se abatían, las toallas se embrollaban, los zapatos bostezaban, pero nada, nada, nada. El mosco seguía zumbando. La tal L falló en dos oportunidades, justo cuando el mosco se encontraba en la pared, a una altura bastante cómoda para rematarlo y después cuando el susodicho se posó plácidamente en la almohada como si quisiera descansar. El tal R también erró en dos ocasiones, la una cuando el mosco se encontraba enhiesto y burlón en un pliegue de la cortina y la otra cuando se encontraba cerca de una lámpara superior, para lo cual el tal R tuvo que subirse a la cama, enfundarse un zapato y terminar con la vida del mosco sangrón de una vez por todas, pero nada, nada, nada. El invitado incómodo siempre fue más ágil y más rápido que el tal R y la tal L.
Derrotados, sonrientes y bastante cansados, el tal R y la tal L decidieron olvidarse del asunto practicando el deporte más hermoso del mundo a primera hora de la mañana, como queriéndole presumir al mosco que por más piquetes y zumbidos que les hiciera, nada terminaría con los besos y el sudor matutino.